¿Cuántas veces nos ha sucedido a muchos de nosotros, que queremos conseguir un objetivo pero nuestras conductas finalmente son contrarias al objetivo previo en cuestión? O bien, ¿qué verbalizamos una opinión concreta pero que en realidad no corresponde a nuestros verdaderos sentimientos y principios? Y al final realizamos otras conductas y actitudes, que se contradicen con los primeros, con la consiguiente frustración y problemas asociados.

Como por ejemplo, una persona que le gustaría estudiar medicina y lo va comunicando a sus amigos: “yo no podré estudiar medicina porque es muy difícil, y soy un inútil para estudiar, no hace falta que pierda más el tiempo”. En ese caso se produce una contradicción entre el diálogo interno y externo. O por ejemplo, un sentimiento interno de rabia y rencor hacia una persona en concreto, pero cuando se tiene a esa persona delante se actúa de una manera totalmente diferente a los sentimientos originales, siendo muy agradable y con una actitud totalmente contraria a sus sentimientos iniciales. Eso no quiere decir que se la trate mal ¿eh?, ni mucho menos, pero tampoco adoptar otra imagen totalmente opuesta.

Asimismo, estas incoherencias acostumbran a tener un alcance diferente en su expresión y en el grado, dependiendo de la persona que estamos tratando. Pero sí que acostumbra a existir en la mayoría de los casos un denominador común: las incoherencias funcionan como patrones automatizados, y se van consolidando de una manera más inconsciente, sin que ésta tenga un control voluntario de estos mecanismos. Entonces no se establece una misma línea consciente coherente entre el que “yo pienso, siento y posteriormente hago”. Por esa razón es habitual encontrar disfunciones y malestares psicológicos, tanto a nivel individual (intra-psíquico) como a nivel relacional (inter-psíquico). Por ese motivo es recomendable que el terapeuta acompañe a la persona a observar estas incoherencias con uno mismo/a.

“Desde mi punto de vista, uno de los aprendizajes más importantes al final del proceso terapéutico (más o menos implícitos), es que la persona va encontrando un equilibrio coherente entre sus pensamientos, emociones y conductas. Esta relación equilibrada entre el pensar, sentir y hacer como una experiencia única y personal conduce a la dimensión espiritual. Es entonces cuando el ser único siente que empieza a sentirse original y auténtico. Y este mismo logro consciente genera a la persona una integridad y armonía auténticas con su propia persona”.

En una primera fase y en función de las características personales, y desde mi experiencia como psicoterapeuta, considero que es de vital importancia que el terapeuta facilite hacer consciente a la persona estas contradicciones, especialmente aquellas que producen interferencias en su funcionamiento diario y en la relación con las personas de su entorno.

Por este motivo, uno de los ejercicios vivenciales que yo recomiendo en la primera fase de la terapia es realizar un análisis de: “lo que pienso” (pensamiento), “lo que siento” (emoción), “lo que hago” (conducta), y sobre todo focalizado a los problemas disfuncionales que generan un desequilibrio profundo en la persona a los tres niveles de respuesta: pensamiento, emoción y conducta.

Y de hecho, considero que este ejercicio de registrar lo que “pienso, siento y actúo”, fundamentalmente responde a una necesidad vital de la persona que viene a pedir ayuda psicológica, y que está reclamando una experiencia de integridad consigo misma y de activación empática con ella y con la de los demás. Vamos a poner un ejemplo con un testimonio de este análisis (“Viaje al interior de uno mismo”), en que Gerard empezó la terapia con una elevada confusión de sus emociones, cogniciones y conductas, a causa de un trastorno depresivo reactivo a un destacado estrés laboral. Y entre la primera y la segunda etapa terapéutica se le ayudó a que tuviese una mayor consciencia de lo que pasaba, porque de esta forma podía sentir que era él mismo quien empezaba a tener una voluntad y control de su propia vida. Y por otro lado, debido a que llevaba mucho tiempo con ese estado de estrés también era una buena alternativa para hacerle reaccionar, y que fuera más consciente de los mecanismos disfuncionales a los tres niveles de respuesta.

  • Gerard:

-“¿Qué pienso?”: sensación de falta de autocontrol, de pensamientos negativos desbordados y sin poder controlarlos, pensamientos anticipatorios, ansiosos, sensación de que lo mejor que podría pasar es no vivir más, falta de seguridad en mí mismo”.

-“¿Qué siento?”: sentimientos de que nadie me entiende, sentimientos de culpabilidad, sensación de sentirme inútil”.

-“¿Qué hago (o no hago…)?: incapacidad de tomar decisiones, fobia social (no coger el teléfono, no querer recibir visitas, ni de familiares ni de amigos). Mi conducta era meterme en la cama para intentar no pensar, aunque no podía parar ni controlar mis pensamientos, con lo que hacía conductas de tipo ansioso, como fumar más, no estar quieto ni un minuto en un mismo lugar, hablar solo con voz alta continuamente…”

Después de 4 meses de tratamiento he conseguido una mayor autoestima, controlar más o menos los pensamientos negativos, tengo ganas de vivir, tengo más energía.”

En el caso de Gerard se puede observar la baja autoestima que tenía, además de sufrir un trastorno depresivo que le afectaba a los diferentes ámbitos de su vida diaria. Si somos conscientes de estas respuestas disfuncionales a los tres niveles de respuesta (pensamiento, emoción y conducta), este ejercicio nos ayuda a elaborar e integrar lo que nos sucede en nuestro mundo interior. Y al conocerlo nos facilita relativizar más nuestros sentimientos, pensamientos y acciones.

“En ocasiones lo que sucede es que nos quedamos “tan apegados a algunos sentimientos y pensamientos” en concreto, que no podemos visualizar otros aspectos de nuestro interior o de nuestro alrededor, que nos podrían haber ayudado en un mundo dado a focalizar la atención plena y de forma positiva. Y en consecuencia también ayuda “a relativizar más los problemas”, a observarlos de una forma más objetiva y racional, con mayor correspondencia con la realidad”.

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